Día 20

La propia fuerza vital presente en cada uno de nosotros es la que nos cura…

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Al final de la entrada de ayer, día 19, vemos como el Dr. Esselstyn demuestra irrefutablemente que, nuestro cuerpo contiene un poderoso poder terapéutico para sanarse a sí mismo, el cual es potenciado al proveerle una alimentación natural.

Este hallazgo es uno de los principios centrales de la ciencia de vivir sanos, expuesta desde principios del siglo pasado por Don Manuel Lezaeta, en su obra La Medicina Natural al Alcance de Todos.

Dada su vasta experiencia con pacientes, quienes al someterse a una alimentación natural y las prácticas de su régimen, veían su salud completamente restablecida, Lezaeta concluye, que cada individuo posee una fuerza poderosa que mantiene su vida, y que esta fuerza se llama «energía vital».

Llegando a aseverar que «es ésta la que cura», o sea, la que restablece la normalidad funcional del organismo. Y que la responsabilidad de cada individuo es potenciarla para obtener y mantener la salud integral.

Añade que cualquiera que fuese el nombre o manifestación de una dolencia, en grado variable, el enfermo siempre es víctima de debilitamiento de su energía vital debido a mala alimentación y malas digestiones que, al cabo de un tiempo, lo desnutren e intoxican.

Afirma que la energía vital en el hombre nace en el momento de su concepción, dependiendo su intensidad de la salud de los padres.

Esta energía decía, es acumulada y distribuida por el sistema nervioso, y por ende, no está en nuestros músculos, grasas, huesos o piel sino que reside en nuestro cerebro y médula espinal.

De naturaleza análoga a la cuerda del reloj que lo conserva funcionando, también puede compararse a la batería de un automóvil de cuya potencia depende todo el funcionamiento de la máquina, sostiene Lezaeta.

Esta fuerza constitucional de cada organismo, explica, siempre tiende a defender nuestra propia vida y mantener nuestra salud, jamás se inclina en el sentido de agravar el desarreglo orgánico, característico de toda dolencia.

Cuando nuestro organismo funciona óptimamente tenemos salud, cuando su funcionalidad está comprometida tenemos enfermedad, y con la paralización funcional del mismo tenemos la muerte.

Lezaeta lo expresa de esta manera: «el Creador nos ha dado la vida, para vivir sanos, siendo la enfermedad en la mayoría de los casos, fruto de nuestra ignorancia y errores; no existe droga, inyección o recurso extraño al organismo, afectado por alguna dolencia, que sea capaz de actuar en substitución de la energía vital, la cual está siempre atenta a defender la vida.»

Por eso insistía en que existen remedios para toda clase de enfermedades, menos para tener salud, puesto que sólo mediante una nutrición adecuada y eliminaciones normales se mantiene la fuerza orgánica.

Para auxiliar a todo enfermo, determina Lezaeta, es preciso levantar su energía vital mediante una alimentación natural óptima y, mediante el uso de agua helada para tonificar el sistema nervioso, encargado de acumular y distribuir la energía vital.

Finalmente la vuelta a la salud, es obra exclusiva de la propia fuerza vital que, en grado variable, poseemos cada uno de nosotros, afirmaba Lezaeta.

Esta es una gran verdad que ahora, ochenta años más tarde, médicos como el Dr. Esselstyn han comprobado.